viernes, 19 de abril de 2013

La Dolce Vita

Una vez más vuelvo a Roma. Me vuelve loca. Esta vez con motivo de la exposición monográfica de la saga de pintores flamencos Brueghel.
La exposición contiene lo mejor de las tres generaciones y es una manera única de poder como van evolucionando los estilos, las temáticas y la relación con la realidad de esos cuadros.
Ha sido, al igual que este post, que he querido tenga un aire de "diario de un viajero", un viaje relámpago. Mañana vuelvo a Madrid. Me llevo conmigo el sol, el bullicio de tanta gente por las calles estrenando primavera; la majestuosidad de las grandes plazas que no son más que habitaciones urbanas; y la reflexión de que nunca nuestras ciudades modernas y nuestra arquitectura contemporánea dejarán tanta huella en el tiempo como esos majestuosos templos derruidos y esas columnas fantasmagóricas. Es eso bueno? Por qué ahora no concebimos nuestros edificios como algo eterno sino que aceptamos que tengan una esperanza de vida determinada?
La foto última es de unos artistas callejeros que crean la ilusión óptica de flotación mediante una estructura interna oculta entre sus ropajes. Desde luego consiguen captar la atención del transeúnte y dibujarle una o en la boca. Y lo mejor de todo es que confiesan orgullosos (bueno. Confiesan a medias) su trampa. El hombre y su constante desafio a la ley de la gravedad. Os dejo. En breve me voy a tirar una moneda a la Fontana di Trevi y soñar con mi regreso.















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